WhatsApp sí, ¿pero antenas no?

Antena

Antena de telefonía móvil. Foto tomada de Flickr. Cortesía de miniyo73

Desde luego, la animadversión que causan las famosas antenas en un sector de la población, no es un tema por el que vaya a recibir el premio al “innovador del año”, pero la barrera que supone para el despliegue de redes móviles en aquellos lugares donde surge de forma manifiesta, es razón más que suficiente para que tenga casi la obligación de dedicarle un artículo en este blog.

No pretendo  resolver la ecuación que muchos creen que existe para demostrar si la exposición a las ondas electromagnéticas son, o no, perjudiciales para la salud, “solo” persigo aportar un poco de cordura y congruencia en todo este asunto.

Aunque también se ha extendido este temor social a otros tipos, me centraré en las antenas de las redes de comunicaciones móviles, por ser la tecnología más atacada y la que, en cierto modo, propulsó este miedo en la sociedad.

Paso pues a realizar un análisis sobre las causas, desarrollo y repercusiones más comunes que se suelen relacionar con un caso de alarma social ante una antena de telefonía móvil.

El origen.

El origen suele estar casi siempre en la respetable preocupación de una persona o un grupo de personas que padecen algún tipo de enfermedad, y que en muchas ocasiones suceden geográficamente cercanas entre sí y a la existencia de una antena de telefonía móvil.

¿Y existe realmente motivos objetivos para la preocupación?

Foto tomada de Flickr. Cortesía de wolfgangfoto

Foto tomada de Flickr. Cortesía de wolfgangfoto

No. Los organismos oficiales competentes en la materia, tras la realización de numerosos estudios científicos, concluyen que hasta la fecha no existen evidencias para establecer una relación causa – efecto entre la exposición a las ondas electromagnéticas emitidas por una antena y la aparición de problemas en la salud (recomiendo una visita al Ministerio de Sanidad, al Ministerio de Industria, a la Organización Mundial de la Salud, y como recopilatorio y centro de análisis: al  Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud). Si bien es cierto que también existen estudios de científicos que afirman lo contrario, éstos no tienen el respaldo de instituciones oficiales en la materia, por lo que a mi juicio le resta credibilidad. La cuestión es que los científicos hablan en términos probabilísticos (jamás descartan nada) y por el contrario, el resto de los mortales queremos respuestas concisas (sí o no).

¿Es comprensible la discriminación entre las tecnologías móviles con otras tecnologías “radio”? ¿Y entre el móvil y la antena?

No. Casualmente las tecnologías móviles son las más “verdes” entre las “radio”, en el sentido en que sólo emiten la potencia necesaria para establecer la comunicación, adaptándose a cada situación: a menos distancia entre receptor y emisor menor será la potencia necesaria.

Es curioso como nadie quiere renunciar a los servicios a los que tenemos acceso a través de nuestros terminales móviles, pero a las antenas, aunque sean tan imprescindibles, se las ve como las malas de la película. Paradójicamente hay otro dato interesante: nuestro cuerpo recibe mayor nivel de campo de nuestro terminal móvil que de la antena que nos da cobertura. Esto provoca que también saque a colación esos juguetitos al estilo “Power Balance” que intentan evitar que las emisiones de nuestros terminales las absorba nuestro cuerpo… y entonces… ¿cómo se comunican pues con la antena? ¿a ver si no se les forzará a que emitan a más potencia…..? ¿no sería mejor apagarlos? (… y seguro que más barato).

Por lo que para ser coherentes si yo estuviera preocupado por las emisiones electromagnéticas, la tecnología móvil la dejaría en la cola, y una vez llegue, lo primero sería renunciar a todos los servicios que ofrecen las comunicaciones móviles: llamadas a mis familiares, trabajo, el 112 cuando me pase algo, y sí, tampoco podría usar WhatsApp en mi nuevo smartphone…..Y encima sabiendo lo caprichosas que son las leyes de Maxwell, cada corriente eléctrica que circula por un cable lleva asociado un campo magnético… que cada cual actúe en consecuencia y por favor, con coherencia y congruencia a sus ideas.

La propulsión.

El elemento propulsor es la clave para que la preocupación descrita en el punto anterior se manifieste de forma activa.

Foto tomada de Flickr. Cortesía de "abanico".

Foto tomada de Flickr. Cortesía de “abanico”.

Este papel pueden asumirlo las personas directamente afectadas, su entorno cercano (el “primo teleco” o el “sobrino médico” suelen presentarse al casting….) o ser asumido por un agente externo que incita a la manifestación social.

Dentro de los agentes externos me he encontrado desde vecinos a los que les molesta no sacar beneficio económico como lo hace el propietario del edificio o terreno en el que está instalada la antena, hasta organizaciones que se dedican a hacer converger toda la preocupación social sobre la antena que está por allí instalada. Curiosamente, después venden maravillosos artilugios que te salvan de las radiaciones, o asesoran a los responsables municipales sobre un cambio de la normativa local con intereses ocultos, de los que posteriormente pondré un ejemplo.

Ah, claro está, no nos olvidemos del interés político con posturas tan poco consistentes que se desvanecen en cuanto cruzamos la linde hacia el municipio colindante y nos encontramos la situación inversa y “dónde dije digo, digo Diego”.

La manifestación.

El elemento propulsor consigue que la preocupación original se manifieste en las calles, en esos fantásticos programas de TV de sobremesa, y en la puerta del ayuntamiento correspondiente.

Sobre el rigor de cómo los medios de comunicación tratan este tipo de asunto, mejor ni entro, porque estaríamos hablando una semana para concluir lo que ya todo sabemos: les encanta el sensacionalismo. Por ahora, que este tipo de manifestaciones sean noticia no significa más que eso, que no son una constante ( ¿la noticia es que el perro muerde al niño o que el niño muerde al perro?).

Las consecuencias.

Un movimiento social de estas características puede acabar apagándose poco a poco o saldarse con las típicas consecuencias: la paralización o reubicación de antenas de telefonía móvil, suponiendo una barrera para que el lugar donde se produzca cuente con unos servicios de comunicaciones móviles de calidad.

¿Quién controla la instalación y funcionamiento de las antenas? ¿hasta dónde puede llegar un ayuntamiento?

Digamos que, y esto es muy importante, a grandes rasgos hay dos tipos de controles: el “radioeléctrico” y el “urbanístico”. Del primero se encarga el Estado mediante la imposición de normas e inspecciones que controlan el nivel de exposición a campo radioeléctrico tanto la puesta en marcha como el desarrollo y funcionamiento de las antenas. Del segundo se encargan los ayuntamientos, con la imposición de ordenanzas municipales que rigen criterios de cómo han de construirse las antenas para que se integren en la ciudad de forma correcta, segura y coordinada. Normalmente, esta apreciación no es entendida tal cuál por la ciudadanía y se asocia erróneamente la falta de cumplimiento urbanístico con un descontrol de los niveles de emisiones radioeléctricas.

El resultado típico que deja un fenómeno de alarma social ante la instalación o existencia de antenas de telefonía móvil, es que debido a la presión ejercida sobre el alcalde, el gobierno municipal termine imponiendo normativas locales restrictivas, llegando en muchas ocasiones a producir intromisión competencial al regular aspectos de los que se encarga el Estado a nivel nacional: niveles de exposición a campos electromagnéticos, distancias mínimas entre antenas, a viviendas, prohibiciones absolutas de instalación, son algunos de los ejemplos más comunes que han sido respaldados por la jurisprudencia y reforzados a raíz de la nueva Ley General de Telecomunicaciones (LGTel).

Y ya que he mencionado a la LGTel, sin querer meterme mucho en terreno de mi socio de blog, Jorge (para esto tengo el lujo de trabajar con un “abogado” especializado en “telecos”), no puedo dejar de comentar el miedo escénico que ha supuesto la aprobación de la misma en algunos sectores de la sociedad.

La reducción de la carga administrativa para el despliegue de redes de telecomunicaciones (sí, incluye antenas y con un tratamiento especial) no debe suponer una merma en el cumplimiento de las normas locales. El hecho de limitar que el elemento de control principal sea una declaración responsable, en vez de una licencia, lo único que condiciona es que los operadores antes debían esperar la respuesta de los ayuntamientos para desplegar y ahora realizan una declaración responsabilizándose de que la instalaciones se realizarán con arreglo a la normativa local, estando el ayuntamiento siempre en su derecho de realizar cuantas inspecciones estime oportuno. Si bien es cierto que a nivel estatal se está actualmente redactando un real decreto que defina unos parámetros técnicos esenciales que las normativas locales deberán respectar para el correcto funcionamiento de las redes móviles (por ejemplo: alturas mínimas y retranqueos máximos en la instalación de una antena en un edificio).

Foto tomada de Flickr. Cortesía de Fabio Trifoni.

Foto tomada de Flickr. Cortesía de Fabio Trifoni.

En esta fase, los “agentes externos” como “elementos propulsores” juegan un importante papel. He tenido constancia de cómo uno de estos agentes se ofrecía a los ayuntamientos para redactarles una ordenanza municipal para regular la instalación de antenas, en la que se incluían unos límites de exposición radioeléctrica inferiores a los establecidos por el Estado y un mecanismo de control del cumplimiento de estos nuevos límites. Por su puesto este trabajo era gratuito, con la casualidad de que éste después vendía un sistema de medición de campos electromagnéticos…..juzguen ustedes.

CONCLUYENDO…..

Actualmente las comunicaciones móviles son un servicio de interés general que se presta en régimen de libre competencia. Es por ello que si los operadores invierten en zonas menos atractivas económicamente hablando (zonas rurales, baja densidad demográfica, orografía complicada, etc), lo harán incentivados por alguna razón: bien porque posea fondos públicos específicos para realizar este tipo de despliegue, o bien porque aunque realizando un esfuerzo económico propio, no existen trabas ni restricciones desproporcionadas a la hora de realizar el despliegue.

Si en estas zonas, como consecuencia de un fenómeno social como el que aquí se analiza el ayuntamiento correspondiente impone una normativa que obstaculice el despliegue, los operadores no gastarán esfuerzos y se irán seguramente al siguiente pueblo. Sin embargo, si se trata de una zona o ciudad “apetecible” para los operadores, recurrirán dichas normativas y, aunque se pueda retrasar la instalación, al final se acabará ejecutando. El resultado será pues, que este tipo de sucesos podría agravar “la nueva brecha digital”.

 

Foto tomada de Flickr. Cortesía de GraciolliDotcom

Foto tomada de Flickr. Cortesía de GraciolliDotcom

La receta mágica para mitigar este efecto es informar correctamente a la ciudadanía, labor nada sencilla cuando de por medio está el tema de la salud y sensibilidad de las personas. Conscientes de este punto y con este objetivo, en la nueva LGTel anteriormente mencionada, se considera la creación de una Comisión Interministerial sobre Radiofrecuencias y Salud.

Para finalizar, me gustaría realizar un llamamiento a los alcaldes de este país para que antes de tomar una decisión piensen y valoren fríamente sus consecuencias por el beneficio de sus ciudadanos y para no condenar a generaciones futuras a hacer las maletas antes de tiempo.

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Ingeniero de Telecomunicación & PMP